LA VISITA DE LA BALLENA

La ballena llegó de visita durante la madrugada. Luciano no advirtió su presencia hasta que se hizo de día, cuando despertó y al abrir las cortinas vio una gran masa de color grisáceo que se extendía sobre la arena, frente a él. En el espejo del baño se vio pálido, despeinado y armonioso. Luego fijó su atención en la pulsera negra de macramé que estaba atada a su muñeca desde hacía cinco años y que poco a poco comenzaba a languidecer.

Los exámenes de su primer año universitario habían terminado por un periodo corto. Ese fin de semana iría a acampar con algunos amigos nuevos a la montaña, pero a último minuto desvió la dirección del plan inicial y decidió pasar en solitario aquellos días en la cabaña costera que su padres habían comprado el último verano. Pasado el mediodía se tendió sobre una toalla para tomar sol a torso desnudo, pensando lo poco usual que era hacerlo a mitad del otoño. A menudo sus pensamientos chocaban en disyuntivas sin mucha importancia, como aquel, pero finalmente resolvió que daba lo mismo, que más raro era que una ballena de diez toneladas y dieciséis metros de largo sucumbiese frente a su cabaña.

Sus pies jugaban entre sí y se retorcían en la arena, al mismo tiempo decenas de personas de todas las edades posaban frente a la ballena varada, burlando las cintas de seguridad que la armada marina había puesto. La conmoción que la pobre ballena había provocado en ese pequeño poblado costero fue contagiosa; Luciano tomó su cámara y partió a fotografiar al cetáceo con la toalla cubriéndole la espalda. Entre la multitud reconoció la cabeza de un joven de pelo castaño claro a mal traer. Luciano bajó la vista clavando sus ojos en la cinta la seguridad que decía “NO PASAR”. Permaneció así un instante hasta que recobró el valor y levantó nuevamente la mirada. Ahí lo vio otra vez; el chico también estaba tomando fotos a la ballena y Luciano veía cómo el lente de su cámara lo apuntaba a él también.

Cristian era un antiguo amigo de Franco, su hermano mayor, y a los catorce años Luciano se había enamorado de él. Cada vez que él iba a su casa, Luciano encendía el equipo de música al máximo volumen para lograr llamar su atención, pero toda pretensión era una pérdida de tiempo. Con el correr de algunos meses, Luciano llegó a la conclusión que todo se trataba de un capricho sin sentido y que lo más probable era que a Cristian le gustaran las chicas. Ahí en la playa, Luciano lo miraba pensando que no lo reconocería, pero en un ligero movimiento de cabeza Cristian lo miró y se clavaron los ojos durante un par de segundos. Luciano palideció y su pulso cardiaco aceleró. ¿Lo habría reconocido también él? Luego vio que una pareja se acercaba a Cristian para que les tomara una foto con la ballena de fondo.

En ese caótico intervalo, Luciano estaba convencido que Cristian lo había reconocido. Luego volvía a dudar. No quiso seguir mirándolo y concentró su atención en la ballena, que con sus ojos inertes también lo miraba fijamente. Permaneció así, sin pausa, inmóvil, como esperando que la ballena volviera a la vida. De repente sintió tres suaves tactos de un dedo tocando su hombro.

‒¿Ya no te acuerdas de mí? ¿No me ibas a saludar?

‒Sí sé quién eres.

Sin duda había sido algo torpe en su respuesta. ¿Qué más podría decirle? ¿Que su presencia lo ponía nervioso por remontar a las primeras y viejas heridas que se tienen en la vida? Imposible. Antes de seguir formulándose cualquier pregunta mental habló sin rodeos. Sus palabras salían solas y nerviosas. Cristian le contó que había vivido un tiempo en otro país y que se encontraba terminando sus estudios en biología marina. Luciano le contó que acababa de entrar a estudiar historia pero estaba pensando en cambiarse a literatura el próximo año. Cristian le dijo que lo de la ballena era como anillo al dedo para la investigación de su tesis y Luciano que cosas así ocurrían solo una vez en la vida.

‒¿Qué cosa, no? Encontrarse después de tantos años. ‒dijo Cristian.

‒Y por culpa de una ballena.

Se rieron.

Caminaron por la orilla de la playa dejando a su paso huellas en la arena húmeda que se borraban al primer contacto con el agua espumosa que dejaba la última ola. Se sentaron a contemplar el mar, Cristian se sacó su chaleco y se sentó sobre él, compartiendo la mitad con Luciano. Por un momento el sonido de las olas simulaba algo de paz en el ambiente, pero luego se disipaba para dar lugar a un silencio incómodo.

–Háblame de la ballena. –dijo Luciano rompiendo el hielo.

Cristian sonrío y le dijo que la ballena era de una especie minke, que era poco usual que varasen en otoño cuando el agua oceánica se vuelve fría y que para la ciencia aún era un misterio porqué llegaban a varar cuando perdían su ruta de viaje. Luciano trató de acomodarse sobre el chaleco de Cristian mientras esquivaba un nuevo silencio. Sentía que no tenía tema de conversación. No quería que Cristian pensara que era tímido y aburrido. El sol pegaba fuerte sobre ellos y Luciano se deshizo de la toalla que lo cubría. Cristian volteó instantáneamente su mirada hacia Luciano y luego la posó sobre el mar con una sonrisa que a Luciano le oprimía el estómago.

–Hay que sacarla rápido. –continuó diciendo Cristian mirando la línea imaginaria del horizonte, donde los azules se tocan sin mezclarse.

‒ ¿A quién?

‒ A la ballena.

‒ ¿Por qué?

‒ Si se queda por mucho tiempo puede ser un foco de infecciones. No suele ser un huésped muy deseado.

Luciano cerró los ojos y sintió cómo una leve brisa marina golpeaba su rostro. ¿Con qué derecho aparecía en su vida después de cinco años? Otra vez su propia voz susurrando a sus oídos. Se produjo un silencio abrumador. Cristian raspaba con sus uñas una conchita.

‒ Todavía la tienes –dijo Cristian algo perplejo.

‒ ¿Qué cosa?

Luciano miró su muñeca. Recordó entonces la noche en la que Cristian le regaló la pulsera negra de macramé. Luciano había logrado que se acercara por una canción que escuchaba a todo volumen. ¿Qué canción era? Intentó acordarse pero no logró conseguirlo. Probablemente había sido una de esas canciones emo que estaban de moda en aquella época. Recordó, sin embargo, el momento en que Cristian se acercó y se sentó a su lado, en el suelo del salón, frente al equipo de música. Cristian le preguntó por el nombre de la canción, pero Luciano le dijo que si quería le podía prestar el CD. Cristian aceptó y en recompensa se sacó de una de sus muñecas la pulsera de macramé. La amarró firme en la muñeca derecha de Luciano sintiendo con cierto placer cómo los dedos ásperos de Cristian rosaban contra su piel mitad niño mitad adolescente. Luciano le dijo que cuando le pasara el CD de vuelta, él le devolvería la pulsera. Cristian sonrío y mirándolo a los ojos le dijo que se la regalaba.

‒ No se sale con nada. ‒dijo Luciano con cierto regocijo. ‒Los nudos, supongo.

‒ ¿Pero has tratado?

‒ No.

Ambos quedaron callados mirando el cielo y el alta mar. Las olas seguían sonando, las gaviotas seguían cantando. Se oían gritos de niños corriendo alrededor de la ballena.

Después del regalo de la pulsera, vinieron varios meses de miradas y conversaciones alusivas entre ambos. Un día Cristian llegó cuando Luciano se encontraba solo en su casa. Se sentaron a ver televisión mientras Cristian esperaba a Franco. Miraron una película erótica. Estaba oscureciendo y encender la luz estaba fuera de sus posibilidades. Cristian metió su mano dentro de su pantalón y comenzó a masturbarse lentamente. Se desabrochó el botón y bajando el cierre de su pantalón miró a Luciano con una sonrisa casi infantil. Al ver el miembro de Cristian escondido y duro bajo su bóxer, Luciano quiso imitarlo. Bajó sus pantalones y comenzó a masturbarse. Se miraron y se rieron como los adolescentes que eran luego de eyacular. Las pupilas de ambos estaban encendidas por el brillo del televisor que era la única luz que los alumbraba. Volvieron a repetir el juego varias veces hasta que un día Luciano se atrevió a poner una mano en el sexo de Cristian junto a un enternecido beso en los labios. En la ingenuidad de sus catorce años, Luciano sintió que había llegado el momento de actuar e ir un paso hacia el romanticismo, Cristian aceptó el beso durante un tiempo insustancial y enseguida se escurrió lanzando una mirada llena de confusión a Luciano. De manera paulatina Cristian dejó de visitar la casa de Luciano hasta que dejaron de verse por completo.

‒ Necesito mear. ‒dijo Cristian de repente.

Luciano se sintió algo perturbado ante la rudeza de Cristian, pero sin pensarlo le ofreció el baño de la cabaña, Cristian aceptó y se dirigieron a pasos lentos. En el camino hablaron de la muchedumbre que había en la playa, de lo bonita que se veía la cabaña y de lo grande que era la ballena. Luciano sacó las llaves de su bolsillo y trató de abrir la puerta. No daba con la llave correcta. Cuando la puerta se abrió al fin, ambos entraron al mismo tiempo chocando sus brazos. Cristian rio y le acaricio la nuca, como suelen hacerlo los buenos amigos. Luciano le señalizó el baño con un nudo en la garganta. Nunca habían vuelto a estar tan cerca. Luciano tomó el chaleco de Cristian que lo había dejado sobre le mesa y lo olió. Luego se sintió tonto y lo dejó en su lugar. La mirada de Luciano se desvió hacia el baño. Cristian había dejado la puerta semi abierta y se escuchaba el sonido de su orina chocando con el agua. Si había dejado la puerta abierta quizás era una señal, pensaba Luciano. Su voluntad se vio atrapada por un descontrolado sentimiento de éxtasis prohibido y como perdiendo el control de sus impulsos se dirigió hasta la puerta del baño, deteniéndose en el umbral. Ambos se miraron a través del espejo mientras Cristian subía lentamente el cierre de su pantalón. Luciano dio un paso y sin vacilar llevó su mano temblorosa hasta el cinturón de cuero de Cristian. Sus dedos avanzaron sigilosos y osados hacia la hebilla todavía abierta. Cristian cerró los ojos, llevó su cabeza hacia atrás y abriendo un poco sus labios dejó escapar un largo suspiro. Luego volvió a posar su rostro frente al espejo.

‒ Voy a ser papá. ‒dijo Cristian abriendo los ojos.

Luciano no supo si continuar con el recorrido de sus dedos o retirarlos. Optó por lo segundo.

‒ Te felicito. ‒dijo Luciano sintiendo un calor que abrasaba sus mejillas.  

Tras la despedida, Luciano estuvo toda la tarde sentado en la terraza de la cabaña mirando el sol esconderse y a la ballena oscurecerse. Sus dedos tocaban los nudos de la pulsera.

Muy temprano a la mañana del día siguiente, Luciano se sentó en la arena a ver cómo un grupo de marinos y obreros ponían grandes y pesados cables de fierro en la cola de la ballena. Algunos curiosos aún sacaban fotos mientras una embarcación pesquera tiraba de la cola del cetáceo muerto que se iba internando hacia el mar hasta desaparecer, llevándose consigo la pulsera negra de macramé que Luciano le puso en su boca la noche anterior.

 

Marcelo Alderete

Escritor

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